Agradezco mucho a Dios nuestro Señor, de quien depende todo lo que somos, sabemos, hacemos y tenemos, que me haya concedido la gracia de 34 años de ministerio episcopal, a través de los cuales Dios me ha permitido ordenar, entre los que ordené en Tijuana y los que ordené aquí, alrededor de unos 240 sacerdotes, dijo ayer el Arzobispo Emérito Emilio Carlos Berlie Belaunzarán.
Entrevistado por el Por Esto en el convento de las Madres de la Cruz antes de la misa de acción de gracias por sus 34 años de ordenación episcopal, añadió que “es una hermosísima alegría y satisfacción de que Dios nuestro Señor me haya concedido eso. Le voy a decir por qué. A veces le preguntan a uno: ¿Qué es lo que más le emociona? Pues una ordenación de un sacerdote, porque eso es lo que le cambia radicalmente la vida a un ser humano. Antes de ser sacerdote y después de ser sacerdote es un cambio enorme. Y luego, pues también todas las experiencias tan bonitas que hemos tenido en este tiempo: cuando nos ha recibido el Santo Padre que vamos a las visitas ad límina, cuando asistimos a la ordenación episcopal de algún otro colega, en 34 años es toda una larga historia. Así que uno puede decir como decía muy bonito San Pablo: Por la gracia de Dios, soy lo que soy.
—¿A qué edad fue ordenado obispo? –preguntamos.
—A los 43 años me ordenaron Obispo de Tijuana. Ahorita tengo 77. Tijuana era una diócesis sumamente grande, fue muy interesante y muy bonita la experiencia allá con una problemática muy delicada de migraciones y de unos volúmenes enormes de pasaje entre Estados Unidos y México.
Aquí son otras las fisonomías de lo demandante. Aquí, bendito sea Dios, hay mucha religiosidad, y yo creo que eso es un regalo y una gracia de Dios muy grandes que ojalá se puedan aprovechar mucho para que la iglesia, a través del servicio de todos nosotros, crezca y se fortalezca.

Por otra parte, antes de iniciar su homilía, dedicada a la figura extraordinaria de Santiago el Mayor, santo apóstol que se festejó ayer, el Arzobispo Emérito mencionó su agradecimiento a las “Religiosas de la Cruz que nos dan hospitalidad en esta capilla que nos trae recuerdos tan hermosos. Agradezco mucho a los sacerdotes, a las religiosas que también nos hacen favor de acompañarnos, a los seglares con los que por diversas razones nuestras vidas se han enlazado en los 22 años que llevo aquí y con los 12 que tuve en Tijuana, pues son los 34 de ministerio episcopal. Agradezco mucho a Dios porque como decía una religiosa: cuando uno se decide a entrar al seminario, muchas incertidumbres, que si estará bien, que si será adecuado, tantas ideas que pasan por la cabecita de uno, y ya luego Dios nuestro Señor en sus caminos misteriosos y misericordiosos, lo va llevando a uno de la mano. ¿Cuándo se imaginaría uno que llegaría a ser obispo?”.

Y a continuación leyó su homilía por el XXXIV aniversario de su ordenación episcopal:
—Hijos del Trueno les dijo Jesús a los hermanos Santiago y Juan, galileos religiosos, espontáneos, impetuosos.
Su mamá Salomé pidió a Jesús para sus hijos los primeros lugares de su Reino. Dice bien un autor: “tuvieron defectos de impetuosidad, pero no de mediocridad”.
Jesús fue orientando sus deseos y su gran capacidad de amar en el espíritu de humildad y confianza al servicio de los demás siguiendo las huellas del Maestros. Cuando les preguntó si serían capaces de beber el cáliz del sufrimiento ellos constaron sin titubear: “podemos”. Y no se imaginaron que su esperanza de un mesías glorioso quedaría descalada en la terrible tragedia que todos iban a enfrentar.
No olvidó Cristo su promesa. Santiago El Mayor fue el primero de los apóstoles en sufrir un martirio cuando Herodes Agripa lo mató en el año 44 y Juan, aunque no murió martirizado, fue perseguido y atormentado constantemente por los paganos a causa de su fe.
Eran hijos de Zebedeo y Salomé y trabajaban con Pedro y Andrés como pescadores para su padre. Era negocio próspero, ya conocían a Cristo y fueron testigos de su bautismo en el Jordán conferido por San Juan Bautista. Creyeron en Él y de cuando en cuando los acompañaban. No se sorprendieron cuando llegó a la orilla y les preguntó por la pesca, y tampoco dudaron cuando les indicó que echaran nuevamente las redes.
Pedro y Andrés pescaron tantos peces que sus redes se estaban rompiendo y llamaron a Santiago y a Juan para que los ayudaran.
De aquel día en adelante dejaron naves, redes, familia y amigos y siguieron a Jesús.
Se suele mencionar siempre a los tres apóstoles: Pedro, Santiago y Juan antes que a los demás. Si fueron reprendidos más a menudo, era porque también estaban más cerca de Jesús. Solo ellos fueron admitidos como testigos de su transfiguración y solo ellos llevados al apartado de la oración del huerto de Getsemaní en la noche de la agonía al comienzo de la Pasión.
A Santiago se le llama “El Mayor” para distinguirlo del otro apóstol. Santiago “El Menor” que era mucho más joven que él y tal vez de baja estatura, Santiago, así como su hermano menor, el amado apóstol Juan, había sido elegido por Cristo al principio de su vida pública y habrían recorrido con El la Palestina de arriba abajo. Junto con los demás apóstoles recibieron la orden de ir a enseñar a todas las naciones, y en Pentecostés recibieron al Espíritu, que Cristo había prometido que les enviaría.
A Juan le fue confiado el cuidado de la Virgen María y él fue con Pedro, jefe de la pequeña comunidad cristiana. De Santiago no se narra nada después de Pentecostés, pero sin duda predicó con los demás apóstoles por toda Palestina.
Era lo suficientemente notable y destacado para servirle a Herodes Agripa como medio ejemplar para mostrar a los judíos su favor: condenó a Santiago a muerte por proclamar abiertamente de que Cristo es Dios, esperando así agradar a los judíos fanáticos que estaban tramando una insurrección.
Santiago por su empeño, labor e impetuosidad mereció plenamente el nombre de “hijo del trueno”. Por las repercusiones que tuvo su muerte en el proceso de evangelización. Se dice que su cuerpo fue trasladado a Campostela en la Edad Media y esta creencia se apoya en una bula del Papa León XIII (1884).
Le costó trabajo entender al principio su llamado y entender cuál era el cáliz al que su Maestro lo había invitado pero una vez que lo entendió lo aceptó y bebió hasta la consumación.
Pablo subraya al contraste tan grande que existe entre la misión apostólica y los instrumentos humanos de los que Dios se vale; descubre en esta elección divina el medio más adecuado para dar testimonio ante el mundo de todos los aspectos de la vida de Cristo.
En la debilidad, tribulación, persecución y martirio el cristiano anuncia la muerte del mesías y su compartición en los sufrimientos de Cristo, y cómo el poder de Dios y la vida de Cristo actúan en él.
La mamá de Santiago y Juan pide para sus hijos los primeros lugares. Jesús aprovecha la ocasión para invitar a sus discípulos a buscar la verdadera grandeza que no está en la prevalencia sobre los demás, sino en hacerse servidor de todos, y dar la vida generosamente en el camino de entrega al señor y servicio generoso a los hermanos. Así seguirían a Jesús en vida, testimonio, apostolado y muerte.
Que aceptemos la invitación que nos hace nuestra Madre la Iglesia, para seguir fielmente a Cristo en guiarnos a la entrega cuidadosa, fidelidad y prodigando cualidades y capacidades al servicio de nuestros hermanos.
Con la bendición de la Virgen María y San José, en sintonía con su sí sostenido con el gozo y gratitud del Magníficat, entregados generosamente a nuestro llamado y vocación de amor a Cristo.

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