Por Mtro. Pedro Bermudez Solís

De todos los mitos platónicos hay uno en especial que me atrae mucho, no sólo por el nombre peculiar del personaje central, sino además por el significado mismo de la alegoría. Hablo del Mito de Er o del destino.

Er, muerto en el campo de batalla y resucitado doce días después; ha podido contar a los hombres la suerte que les espera después de la muerte, diciéndoles lo siguiente: “No es el demonio quien escogerá vuestra suerte, sino que sois vosotros los que escogeréis vuestro demonio… La virtud está a disposición de todos; cada cual participará en ella según la estime o la desprecie”.

Una alumna me preguntó un día: – Maestro, ¿usted tiene enemigos?- mi respuesta fue bastante escueta y malograda. Si el destino me permitiera corregir esa breve afirmación, sin duda le daría a mi alumna una respuesta más certera. Le diría lo siguiente: -Si tengo enemigos. Todos tenemos alter egos, como los superhéroes, que de manera natural se oponen a nuestras personas. Pero los peores enemigos, los más fuertes, los más destructivos no se encuentran en el mundo sensible. Se encuentra en el aula inmensa de nuestro cerebro.

En el mito de Er, Platón nos plantea la posibilidad del libre albedrío en la toma de decisiones y por ende en nuestro destino. Esa cualidad que supuestamente tenemos todos los seres humanos de poder decidir nuestros actos. Entonces nuestra historia propia que hacemos a cada instante cobra principal relevancia.

El mal y el bien no son desconocidos para nosotros. Seguramente nuestras experiencias personales nos han conducido a conocerlos de cerca. Podemos leer en las voces de las personas, en sus miradas, en sus ademanes el más profundo sentido de amor o de odio. El bien y el mal no se nos develan tan difícilmente. Son presencia viva a cada instante.

¿Nosotros escogemos a nuestros demonios? ¿La virtud (bondad) está realmente a la disposición de todos? Me niego a creer que, como han señalado varios filósofos, un Dios enormemente bueno haya creado seres sabiendo que tendrán una vida condenada con anticipación. Eso es el determinismo. Un Dios omnipresente, omnipercipiente, todo amor y misericordia, solo puede entenderse como un acto de amor supremo ¿Somos acaso lo necesariamente honestos para entenderlo?

El misterio del determinismo se explica más claramente, cuando se señala que somos seres condenados a la bondad o maldad con anticipación. No conocemos nuestros destinos y eso nos vacuna de todo. Viviendo en una suerte falaz de libre voluntad pensamos ¿eres tú señor quien me ha puesto eso delante de mí? ¿O acaso mi mente juega con lo que pienso a cada instante?

El mejor plan que nos prepararon no dependerá entonces de nosotros, sólo rogaríamos que ese destino no esté lleno de baches y de malos ratos. Menos de una posible condenación a priori.

A diferencia de Er, nadie puede regresar de entre los muertos para contarnos con tanta delación, lo que sucede en el más allá. Lázaro en las escrituras, es quizá una excepción a ello. Los estudios con personas con experiencias cercanas a la muerte, muestran una inactividad cerebral de unos minutos. Pero es un aliciente que todas ellas señalan “actividad” durante ese trance ¿Actividad? ¿Qué tipo de actividad? ¿Debiéramos llamarle actividad espiritual?

Casos extremos donde las personas después de ese lapso de muerte breve, cambian radicalmente sus vidas convirtiéndose en más desprendidos con las posesiones terrenales, e incluso realizando toda suerte de acciones para regresar a ese plano espiritual ¿No será acaso, que San Francisco de Asís, tuvo algún trance no documentado de este tipo de experiencia? Experiencia que sin duda lo llevaría a regalar todas sus pertenencias y darle un giro a su vida. Esas experiencias cercanas a la muerte, aparentemente suelen brindan un sentimiento de paz, tranquilidad y amor que nunca se ha experimentado en el mundo terrenal.

En lo personal no creo que el determinismo sea una opción de pensamiento para un Dios bueno y todopoderoso. Un Dios capaz de perdonar a todos y por todo. Un Dios así, le otorgaría a sus hijos su bendición anticipadamente a sus actos, sean estos los que sean. Estaríamos hablando de un Dios infinitamente bueno que difícilmente nuestra naturaleza finita pudiera entender del todo.

El infinito en bondad y amor es algo que perdona todo. El infinito bondadoso no podría condenar a nadie o a nada a padecer una suerte de sufrimiento tipo infierno. El infierno, el premio y el castigo, sin duda son pobres invenciones de nuestra racionalidad humana. Formas de control netamente homo sapiens que a través de los siglos nos han llegado como dominación extrema, más homo que sapiens.

El bien no se controla. El infinito bondadoso se expande como una llamarada que enciende nuestros corazones. Diríamos entonces que el bien no se entiende, el bien se siente (así como el mal, sólo que en dirección contraria). El bien no radica en nuestro cerebro sino en nuestra piel. En esa parte de nuestras “tripas” que nos hace sentir mariposas en el estómago. Como diría Agustín, “Cree para poder entender”, recomponiendo al santo de Hipona diríamos: “Ama para poder entender”.

Para tal suerte, si reconociéramos el determinismo como una posibilidad creada o no, imaginaríamos no un destino único, sino todo un abanico de posibles destinos creados para nosotros. Todos ellos con sus pruebas de amor y sus tropiezos de sabiduría. Propuestas vivas que se nos regalan a cada instante. En resumidas cuentas hablamos de un ser superior y providencial, que nos acompaña siempre y nos mantiene en constante crecimiento. Un ser que nos mantiene en nuestro ser.

El infinito bondadoso, es el ser que nos mantiene en nuestro ser que cambia. Finalmente en ello radica el libre albedrío. En la posibilidad que se nos concede de dirigirnos al bien o al mal, con plena consciencia de ello. En esa realidad de vida donde nosotros podemos escoger. Una muestra clara de ello es asechar un día las imágenes del facebook. La net nos brinda actualmente una vidriera para mirar la infinitud de vidas de los seres humanos. No existe entonces un único universo, vivimos en infinitud de multiversos.

En este híbrido filosófico (entre el determinismo y el libre albedrío) que se muestra en muchas películas y documentales de nuestra época, descubrimos que la magnitud de Dios se encuentra en una infinita realidad para sus hijos.

¡Que nuestra vida se apegue a una máxima sencilla! Ver a los demás como parte de nosotros. Los otros son nosotros. Sus manos son nuestras manos, sus miradas son nuestras miradas, sus sufrimientos son nuestros quebrantos y sus alegrías nuestros regocijos. Sólo percibiendo a los demás como si fuéramos nosotros mismos, podríamos entender la frase eterna “ama a tu prójimo como a ti mismo”.

La empatía se vuelve en sine qua non de la tarea humana. Labor nada fácil pues supone una tolerancia y amor supremo en el esfuerzo. Esfuerzo quizá solo presente en algunas cuantas almas que entienden la divinidad de la existencia y la ponen en práctica. Al final del día no todos somos santos ¿De qué manera entonces podemos alcanzar este fin de nuestra especie? ¿De qué manera podríamos, sin destrozarnos con nuestros instintos humanos más primitivos, sembrar un mundo diferente?

Podríamos empezar con infinitud de acciones no sólo en nosotros mismos, sino también en todas las personas que de alguna forma se vinculan con nosotros. Los valores, su conocimiento y su práctica son importantes para ello. Importantes pero no del todo completos. En el ser humano los valores como la tolerancia, el respeto, la solidaridad, no se enseñan, simplemente se promueven.

Todas aquellas formas de imposición de los mismos suelen fracasar enormemente. Las personas realizarán las conductas no por su intención intrínseca sino por el reforzamiento extrínseco o para evitar un castigo. Ante esta situación sólo podríamos pensar que enseñar valores en realidad es proponer valores. Cada cual en sus diferentes circunstancias irá creando su propia taxonomía que se consolidarían a lo largo de su vida.

El verdadero éxito axiológico de las personas se encuentra en la idea de que el único modelo de comparación para sus actos, son sus actos mismos. Mientras más nos parezcamos a nosotros mismos y menos a los demás, seremos seres completos y menos frustrados. Esto nos lleva a vincularnos con la frase eterna de los psicólogos y pedagogos; ¿quién es el mejor experto en ti mismo? Tú mismo.

He ahí la esencia del libre albedrío. Entre tantos caminos determinados por un ser supremo para mí, lo que tengo que decidir es simplemente la vía que más se acerca a la plenitud de mi persona. De ninguna forma somos Dios, somos humanos semejantes al galgo que quiere alcanzar a la liebre. En su búsqueda recorre el camino que fue hecho para él. Finalismo hacia Dios a través de la realización de mis actos, con plena consciencia de mi responsabilidad como ser social, como ser falible pero más que nada como perteneciente a esta realidad y a esta época.

El abandonarnos a Dios no debe ser una postura holgada de pocos desafíos y retos; sino el compromiso al reconocer nuestra naturaleza humana tratando de vencernos primeramente a nosotros mismos. Como reza precisamente la oración del padre nuestro, que define en pocas palabras el camino difícil de nuestra humanidad. Nos compromete a ser mejores: “Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”.

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