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16 de Abril de 2024

Opinión

La luz que brilla en las tinieblas

Era pulcra detenida en una edad indeterminada después de los cincuenta años. Con sus piernas arqueadas y sus medias de seda que ocultaban sus muslos probablemente varicosos

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Era pulcra detenida en una edad indeterminada después de los cincuenta años. Con sus piernas arqueadas y sus medias de seda que ocultaban sus muslos probablemente varicosos. Andaba como un jinete montando su destino de ser profesora de educación primaria. Con sus cabellos rizados, negros a manera de sotana, bruscamente sujetados en la nuca por una liga. Afilado el perfil por su costumbre de llevar diadema tensora de la melena delantera. Nariz curva pero pequeña. Sin necesidad de lentes más que para tocar el piano. Se mostraba con la enormidad de su personalidad tan señora de sí, ante sus párvulos de primer año de primaria.

Se dirigía cuan dueña de su terreno con diáfano carácter tozudo. Dos combinaciones sumamente difíciles de conciliar, que en ella sólo los años y esa cercanía al arte le pudieron conferir marcadamente. Decía que esas piernas arqueadas no se debían a una locura de montar bestias salvajes, sino por horas y horas de arduo entrenamiento en el ballet, donde había figurado con luz propia de antaño. De ella proviene la idea de predecir el futuro y quizá hasta de curar con las manos. Pero de las piernas arqueadas la metáfora del camino de la vida, vía que no puede ser derecha al ser tan chueca.

Patizamba al fin y reluciente en su calle que el tiempo construyó. Su casa se develaba con una luz blanca que solía erradicar la oscuridad, en cuanto se abrían las ventanas de su clase de ballet. Para deslumbrar a los transeúntes con su grupo selecto de bailarinas de la anorexia. Una a una mostraban sus esfuerzos sostenidos por ser mejor que su mentora. Ese rosetón sólo era un resquicio poco apto para ser mirado, más bien le daba libertad y  aire puro a sus movimientos de instructora. Para nada exhibicionista. Bastaba que alguien se detuviera para mirar y las largas lanzas de la maestra se clavaban en un claro signo de negación. Seguíamos el paso rápidamente.

Con sus brazos extendidos, estirando cada una de las tantas vértebras del cuello, el negro azabache de sus nudos en sus cabellos y los leotardos rosados sonaban a profundas pisadas de jamelgos alejados de la realidad. Primera posición para subir al primer cielo. Clase de ballet vespertina.

Solemnidad que imprimí en todos mis actos y me dio por hablar con palabras elegantes y pausadas, como de clase de ballet desdeñada. Aunque no supiera del todo lo que en ellas pudiera decir. No importaba. Engatusaba como la danza clásica con la tenacidad de la mirada y el enorme peso de las palabras. He de confesar, que se lo debo todo a ella. Que en su maestría de ser maestra condenó mi carácter en formación, a una solemnidad de cementerio, pero con una fuerza de huracán.

Huracán debí ser ese día donde nadie supo cómo hablar delante del grupo, con dos años a cuestas de estar escuchando discursos dispersos, de cómo se acentúan las agudas terminadas en n, s o vocal; o cómo resolver la suma de cuadrados o raíces algebraicas.  Era el único niño, ya para entonces, que lograba articular palabras, rimas, operaciones matemáticas, además de ser metódico y sistemático como la gota de agua que golpetea eternamente la piedra.

En aquella aula de piso amarillo, mi testarudez que se acentuó ese día de enero, con frío en los poros, pero inyectado los ojos de talento resolví en plena avalentada recitar ante todos el juramento a la bandera. Con mis zapatos blancos enormes de primera comunión, mi pantalón acampanado en la parte inferior de tela suave que acrecentaba los jirones y las volteretas. Alcé mi brazo regordete y fuerte como un haz de luz y recité: “Bandera de México, legado de nuestros héroes, símbolo de la unidad de nuestros padres y de nuestros hermanos, te prometemos ser siempre fieles….”

Fue cuando descubrí el conato de luz alumbrando las cabezas de todos los niños que habitaban entre semana la escuela primaria. Parecían intentonas de antorchas alumbrando aquella fría mañana de invierno en el trópico. No le di importancia pues emocionado por la encomienda de mi maestra favorita, me pareció tal adaptación de la luz, como cosa de la más turbadora y enternecedora devoción a la bandera de México.

Luego sucedió de repente con la escolta que traía cargada el lábaro patrio. Las niñas con trenzas tricolores aparecieron en una sucesión de rayos continuos con fulgurosos vítores de sol. Debió  de ser eso precisamente, estimado amigo, lo que las encendió de sobre manera. El sol tierno del invierno tratando de ponerles una capucha a las niñas de la escolta. Que el astro sol sea tan valiente de aparecer en pleno homenaje, me pareció otro de los tantos momentos justos que la naturaleza propone a lo largo de la vida de uno. Naturaleza que de repente te recuerda lo bello que suele ser mirar tremendo paisaje de tu infancia, con tal garbo que uno no cuestiona la evocación, más bien la acepta  y hasta la adora y venera.

Ese momento inolvidable que se agrandó más, cuando con el brazo enaltecido por el juramento, mi padre se acercó y me tomó una fotografía para la posteridad. Dejando en claro para siempre en mis recuerdos ¿cuándo? empezó a cambiar la luz, además de grabar for ever el formidable cariño que me tenía mi papi. De luz amarilla mortecina, que supuestamente un sol candoroso brindaría a nuestra sapiencia infantil, no quedó ni la más torpe equivocación. La luz no era del sol, ni era incandescente o áurea. Menos dorada o trigueña. Era un fogonazo de luz blanca que resalía por encima de todas las piochas y sobre todos los piojos de todos los niños de toda la primaria.

Blanca luz como encomio de ropa recién lavada  con el más eficiente de los detergentes. Blancura sin igual ante todo el maremoto de emociones, que un niño puede sentir al dirigirse a toda la escuela. Dicen que así comienzan estas virtudes, ante emociones tan potentes que podrían parecerse a pequeñas muertes seguidas, una tras otra.

Tras el pandemonio, como un tartamudo que al morir se atraganta y vuelve a sucumbir, una y otra vez, intenté hablar pero no salió nada de mi garganta. Tengo la impresión que siempre estuvo ahí, incluso lo suponía, pero no daba clara cuenta de ello hasta esa mañana de lunes de 1976. Luego permanecí en firme y me dije secretamente que no era el sol el que brillaba. Ni era la claridad matinal, ni los meteoros del cielo, ni los astros del firmamento marítimo que por su cercanía al plantel, podría suponer en ellos una especie de fósforo ambiental. No eran las pizcas de las olas que dentro del aire crepuscular y helado nos traía la mar. No era nada de lo que este infausto mundo infantil me decía a diario.

Me suponía bendecido. Aún sin saberlo. Pues sólo ahora reconozco en ese instante de mi vida, el primer contacto con la naturaleza extraordinaria que me deparaba a partir de ese momento mi infancia. La luz no se daba en el vacío ni en lo emocional de manera hueca. No era una visión de luz amarga, ni ácida, ni dura o molesta. Era una profunda candidez pulcra y nívea, pueril y dulce,  buena y cálida, bonita y encantadora. No son adjetivos grandilocuentes como extasiada, enorme,  formidable, exorbitante y descomunal. Al contrario era una emoción tan irrisoriamente infantil que causaba en mí un enrojecimiento de mis mejillas regordetas.

La sangre se me trepaba al rosto sintiendo un cosquilleo en el bajo vientre, como si estuviera a punto de tener un orgasmo de placidez inofensiva. Tan dulce era que me daban incluso y sólo al final de los eventos, vascas para evacuar por la boca. Ganas de vomitar de tan espantosamente cándida placidez pantanosa. Pegajosa sería la palabra exacta. Cómo quien masca un chicle tan dulce que termina dándose cuenta, que eso que se llevó a la boca no era un goma sino pinole rancio.

Terminé con el tiempo por desarmar toda esa idea loca de sentir afabilidad desmedida. La logré controlar. No físicamente, pues los síntomas no desaparecieron nunca. Pero si canalizar psicológicamente a un estado intermediario de realidad, que le señalaba a mi cerebro más el motivo que la emoción. Ensalzando con esto mi aptitud de control sobre aquello que a todas luces era incontrolable.

“A todas luces” tomó en ese momento un sentido diferente de la realidad de un servidor. Sólo luego y más entrado en años supe que la luz tiene muchas  dimensiones. De izquierda a derecha y de derecha a izquierda; de abajo arriba y de arriba abajo; de adelante hacia atrás y de hacia atrás para adelante. Por si fuera poco la luz también puede llegar a ser oscuridad en sus millones de tonalidades.

Esa mañana de mi infancia entré con asombro al salón de clases y miré la pared amarilla, tratando de buscar el contraste con la realidad viva. No la hallé. La pared muerta me indicó que no tenía más color que la luz del día reflejada en ella. Rebusqué en el piano negro de pared, gastado y al fondo. Tampoco encontré nada en él. Al fin la masa de niños entró al salón de clases tras de mí, pareciendo una cascada de irradiación viva. Agua que se derramó en mis pupilas cual enorme dragón blanco que arroja fuego nevado por su boca. Cada uno de mis compañeros envueltos en ese halo de bendiciones, resonaban como cascos de caballos contra los ladrillos ambarinos de la escuela.

Entonces entendí que sólo lo que tiene vida puede transmitir luz. Lo inerte como los muebles, las paredes y los objetos, son posiciones en el vacío, sin luminiscencia, sin fuerza sin alma. En el fondo venía un compañero alicaído, tomándose levemente el bajo vientre. Venía triste y desganado, como incrédulo de un sufrimiento existente en su naturaleza de niño. Me preguntó  a boca jarro qué cómo sentían los niños el dolor. Se postraba encogido, imperceptible para todos, excepto para mí.

Su luz era distinta, opaca con tonalidades que tiritaban de frío intenso. Luz morada derivando en un violeta oscuro-amargo. Luz enferma ¡De pronto lo vi muerto! Se me vino a la mente si la maestra extrañaría su presencia. La silla vacía al final de la clase en aquellos pupitres antediluvianos. Lo miré de cerca más como un experimento propio. Me aventuré a sus dominios de la muerte. Lo toqué en el hombro y enseguida un frío de ultratumba me caló hasta los imberbes genitales. Adopté incondicionalmente su postura agachada de muerte. Sentí lo mismo que él. Como si una bala atravesara mis tripas. Un dolor espeluznante que produjo un chasquido de mis dientes.

No sólo podía ver la luz muerta, sino que podía sentir la muerte de la luz. A partir de ese momento el dolor ajeno ya no me era desconocido. Apreté mi pequeño puño y lo apachurré contra su mano que cubría su dolor. Hice fuerza como si levantara una piedra colosal que no veía físicamente. Aguanté la respiración lo más fuerte que pude, incluso sentí una violenta sacudida en el cuello, como si algo al salir de mí me hubiese golpeado como pedrada.

Mi compañero levantó la mirada y me acuchilló con su incredulidad. Había regresado de la espiración. Sus ojos se abrieron como dos grandes lunas llenas. Platos gigantes de asombro que me preguntaban ¿cómo? No hubo respuesta de mi parte. Me sentía adolorido, especialmente del brazo y puño que puse en su vientre. Mi extremidad me quemaba como carbón al fuego vivo. Intenso dolor a manera de clavo puesto por un rayo de la palma de Zeus.

Levanté mi manita y brillaba como el sol en el cenit de los países tropicales. En medio de ella se había dibujado una raya que la atravesaba y que se quedó impresa desde ese instante en mi piel. Era una tajada por donde brotaba fuego blanco. Hirviente hendidura que poco a poco se fue fundiendo como el bronce.

En ese momento la maestra giró en vilo, cintiló su mirada y me dijo sin abrir los labios directo a mi mente, las siguientes palabras:

 – Sí, la respuesta es sí. Lo hubiese extrañado al alma.

Volvió a girar dándonos las espaldas, se montó en su eterno banquillo de piano de pared y con su leotardo rosa debajo de su uniforme de trabajo, se imaginó bailando ella misma alguna pieza de ballet clásico. Movía los dedos como si realizará sus posiciones de fermée u ouverte,entonando la misma canción que tocaba para nosotros después de los homenajes.

Desde entonces, cuando me calmo profundamente, puedo detener mi ritmo cardíaco recordando ese momento. Puedo morir un instante cuando evoco los ojos centelleantes de ella con su sonrisa mordaz y sus piernas arqueadas. No me convertí en médico, ni estudié ciencia alguna. Pero cuando el silencio aborda mis noches de soledad, cierro los ojos y alcanzo a percibir la cara de mi compañero ya sano, puerilmente mirándome. Le faltó decirme “Gracias”.

Finalmente, en el trasfondo de los recuerdos, escucho también mis propias palabras de niño diciendo: Bandera de México, legado de nuestros héroes, símbolo de la unidad de nuestros padres y de nuestros hermanos…

Volteo la mirada y me tropiezo con mi padre ya marchito. En ese justo momento él me toma una fotografía llena de amor.

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